Conviene
ante todo recordar que la Iglesia, en la Argentina y en cualquier
parte del mundo, está por
formada por comunidades denominadas diócesis y arquidiócesis.
Presididas por un obispo u arzobispo nombrados por el Papa, estas
comunidades tienen autonomía pastoral y económica, por lo cual
también son llamadas "Iglesias particulares" o
"locales". No hay una administración que centralice el
manejo económico de todas ellas.
A
su vez, las diócesis y arquidiócesis están divididas en parroquias, las cuales están en comunión
pastoral con el obispo pero por lo general se administran
económicamente a sí mismas.
Las
parroquias son las que reciben el mayor aporte directo de los fieles
y, por lo tanto, son las que tienen que colaborar económicamente
para que el obispado pueda funcionar y, también, sostener los
servicios y estructuras de la diócesis (la curia, el seminario, etc).
Se
ve con claridad, entonces, que la capacidad económica de cada
diócesis está estrechamente
relacionada con la realidad socioeconómica de la zona en donde
está ubicada.
Así,
hay diócesis muy pobres porque están ubicadas en las regiones más
necesitadas de nuestro país, y hay diócesis con muchos recursos
porque están ubicadas en regiones con mayor poder adquisitivo (aún en el último caso, dentro de estas diócesis suele haber
importantes bolsones de pobreza que es necesario atender).
Por
eso, en general la
Iglesia en la Argentina no cuenta con los suficientes recursos para
llevar adelante su misión evangelizadora. La mayoría de las
parroquias y diócesis del país viven con muy poco dinero, que les
alcanza sólo para cubrir las necesidades más urgentes y no les
permite proyectar acciones a largo plazo.
Se
cree erróneamente que el Estado sostiene a la Iglesia, y como se
desprende de la lectura de la sección "La Iglesia y el
Estado", su aporte es importante sólo en
algunas áreas (por ej.: aportes por seminaristas). Las parroquias, a excepción
de algunas de frontera, no reciben un peso del Estado.
También
nos suele confundir el hecho de que la Iglesia tiene una cantidad
importante de propiedades, pero éstas a su vez, suelen generar
grandes gastos para su mantenimiento. Muy pocas son las que dan dinero.
Y
en el caso de los colegios parroquiales, la gran mayoría sólo
llega a recaudar lo suficiente para asegurar su propio
funcionamiento, con muy poca capacidad de ahorro.
A
medida que crezcamos en transparencia, estas creencias populares de
que la Iglesia es rica y está llena de dinero seguramente irán
desapareciendo.
Es
oportuno destacar, con alegría, que en la Iglesia existen y tienden
a crecer mecanismos para la redistribución del ingreso, como por ejemplo
la colecta Más por Menos, que se realiza una vez al año en las parroquias del país
para ayudar a las regiones más necesitadas.
Muchas
diócesis, además, han creado distintos programas y mecanismos para
contar con fondos solidarios de ayuda a las parroquias más pobres y a los sacerdotes a cargo de
las mismas. En
varios lugares, son los sacerdotes con mayores posibilidades los que
colaboran -aportando de su propio bolsillo- para ayudar a los
sacerdotes con menos recursos.
Sin
embargo, es cierto también, que dentro de la Iglesia hay personas
(consagradas o no), parroquias y diócesis que no participan en esta
corriente solidaria, y concentran una importante riqueza. El ver
sólo a estas personas o comunidades y no al conjunto de la Iglesia,
da la sensación de que la misma tiene mucho dinero, y esto no es
cierto.
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La
mayoría de las diócesis y parroquias del país no cuentan
con dinero suficiente para la evangelización
y apenas les alcanza para atender sus necesidades más
urgentes. |