Es
claro a esta altura percibir y afirmar que la reforma económica de
la Iglesia pasa fundamentalmente por un cambio de actitud de todos
los miembros del Pueblo de Dios respecto a este tema.
Monseñor Carmelo Giaquinta (Presidente del Consejo de Asuntos Económicos de la CEA
entre 1996 y 2001) nos recuerda cinco principios elementales a tener
en cuenta:
1-
Todos los cristianos, en virtud del bautismo, y cada uno según su
propia vocación, estamos obligados a vivir el espíritu de pobreza
del Evangelio.
2-
Todos, fieles y pastores, en razón de la comunión eclesial,
tenemos el deber de aportar al sostenimiento de la obra
evangelizadora de la Iglesia.
3-
La Iglesia necesita de bienes materiales: para el culto divino, para
sustentar a los ministros, para pagar a los empleados, y para realizar las
obras del apostolado, en especial de la caridad con los más
necesitados.
4-
La administración de los bienes eclesiásticos debe ser hecha por
representantes de la comunidad cristiana honestos y
competentes, con
la presidencia de su pastor local, sin que esto lo distraiga de su
ministerio.
5-
La administración de los bienes parroquiales y diocesanos, debe ser
transparente y pública, de acuerdo a normas claras y controles
oportunos.
Dichos
principios, deben estar animados por un profundo espíritu de
comunión. Monseñor José María Arancibia, actual presidente del Consejo de
Asuntos Económicos, nos recuerda que:
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"La COMUNIÓN es propia
de Dios y proyecto Suyo... por eso mismo, la COMUNIÓN sigue a la
CONVERSIÓN y ésta a la EVANGELIZACIÓN. No podemos soñar con una
Iglesia repleta de recursos humanos y materiales
"auténticos", si no se incrementa la tarea
evangelizadora; si la predicación, la catequesis, el testimonio y
la celebración de los misterios no fructifican en una vida de mayor
santidad, compromiso misionero, y presencia del Reino en el mundo.
Si este movimiento no se da, los medios con los que cuente la
Iglesia serán: prestados, transitorios, o poco genuinos". |