El
sostenimiento de la obra evangelizadora debe estar animado por el
mismo espíritu evangélico que anima nuestra propia fe cristiana.
No pueden estar disociados porque el sostenimiento no es un fin en
sí mismo, sino que es un medio en función de la evangelización.
Por
tanto, no se trata de cumplir con formalismos sino de llevar a la
práctica (testimoniar en las obras) aquello que profesamos desde la
fe. En tal sentido, la carta pastoral Compartir la Multiforme Gracia
de Dios (Nros 27 y 28) nos ofrece una profunda y muy concreta
reflexión que nos parece importante destacar:
"La
reforma económica de la Iglesia estaría destinada al fracaso si la
redujésemos al cumplimiento exterior de las normas canónicas sobre
la administración. Peor aún si la encarásemos sólo como un
proceso de cambio económico y financiero a cargo de técnicos. Y
mucho peor, si creyésemos que se trataría de encontrar una
fórmula que provea mágicamente los fondos que la Iglesia necesita.
Otras Iglesias católicas del extranjero, a las cuales miramos
ingenuamente como si ellas hubiesen encontrado tal fórmula, nos
dicen que la misma no existe. No pocas están reviendo hoy su manera
de obrar, y recurren a instaurar en el Pueblo de Dios una Catequesis
sobre la Comunión de Bienes, basada en la enseñanza de Jesús y
los Apóstoles".
"La
reforma económica de la Iglesia debe pasar necesariamente por la conversión
al Evangelio de Jesús. Se trata de un verdadero proceso de
conversión, en el sentido bíblico de "cambio de
mentalidad", que debe comprender a todos los miembros de la
Iglesia, comenzando por nosotros sus pastores. Ésta exige, además,
que se adopten los medios para hacerla efectiva. Dos serán los
signos de una voluntad sincera de conversión: primero, instaurar
una Catequesis sobre esta materia, que cambie nuestra mentalidad y
la configure al sentir de Jesús, junto con la voluntad de
perseverar en ella durante largos años; segundo, adoptar una nueva
cultura de gestión en relación a los bienes materiales. Para esto
último serán necesarias también dos cosas: en primer lugar, poner
en práctica las normas canónicas de la Iglesia sobre la
administración de los bienes; en segundo lugar, entrenar al
personal responsable de la administración, adoptar normas y
prácticas claras de gestión, e idear medios realistas, eficaces y
transparentes de recolección".